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La moda

Inés Aizpún.
Directora del Diario Libre

Eso que está en el aire

Incluso cuando se ignora la moda se manifiesta. La moda es parte de la atmósfera. Es un abstracto envolvente. Está en la comida, bebida, en las costumbres sociales, lo que vemos, hablamos, oímos y elegimos. En la arquitectura que nos cobija, las carreras que elegimos estudiar, el calzado. La música.

Es algo muy serio. Hasta los filósofos se ponen y pasan de moda…

Hablar

Moda. Estar de moda. Seguir la moda. Crearla, sentirla, detestarla, ignorarla, adaptarla… Los verbos que se conjugan con este sustantivo corto y redondo son infinitos. Mil aristas de algo tan efímero que llevó a alguien a decir que “lo mejor de la moda es que se pasa…”.

La moda es industria, es cultura, es arte. Es todo eso y no es nada de eso. Es un concepto intangible que mueve millones de tangibles. Es el bulevar de los sueños rotos, es el milagro que saca de la pobreza a una chica extremadamente delgada y seria o que revela la sexualidad de un tímido adolescente que encuentra en ella la manera de hablar lo que no quiere todavía decir.

La moda inventa palabras o las olvida con cada oficio que se pierde. Impone una manera de hablar y denota la edad del interlocutor. ¿Alguien menor de 60 años sabe qué es un “abrigo de entretiempo“?

Vestir

Vestirse es identificarse. O esconderse. Como las tribus urbanas, cuyos miembros visten todos igual para demostrar que son diferentes.

Vestir para demostrar un rango. Un oficio. La pobreza, el dispendio. Rebeldía, conformidad. Recato y desacato.

Vestir es mostrar al mundo exterior el interior más profundo. Vestir es hablar y sin necesidad de palabras, decir a los demás la opinión que tenemos de nosotros mismos.

La ropa nos obliga a mirarnos al espejo. Metafórica y literalmente. La que elegimos y con la que nos mostramos a los demás es la que ha pasado esa primera conversación íntima.

Habitar

Madrid es Almodóvar y los estrafalarios vestuarios de sus actrices. Roma es los imposibles escotes de Sofía Loren en vestidos floreados de amplísimas faldas. Nueva York es el vestido negro de Audrey Hepburn frente a un cristal. París es, por supuesto, Coco Chanel cambiando la razón de ser del pantalón femenino.

Cada ciudad impone una forma de caminar en sus calles y, por lo tanto, de vestirse para vivirla apropiadamente. Zapato plano para caminar incansablemente. Tacón de 8 cm para deslumbrar.

La ciudad no admite que las tendencias de moda son en este tiempo universales y que la globalización nos uniforma. Vístase para no destacar en Los Ángeles y chirriará en Viena.

Recordar

Piezas inolvidables. Tan sencillas como el primer Levi’s. Una gruesa chaqueta de lana multicolor tejida a mano en la etapa más hippy. El primer vestido largo. Un Adolfo Domínguez elegido para recoger el título de graduada. Las Converse de los 17 años. Unas botas burdeos. Unas botas de ante camel. Unas botas negras. Siempre botas.

La moda que juega con las estaciones en los países que tienen estaciones reales marca con su color y personalidad las etapas del año.

La ropa sitúa en el tiempo y en el espacio los recuerdos. Los ordena.

Crear

Color, estructura, tejido, mensaje. La moda es arte con el poder de cambiar no solo la forma de ver el mundo sino la de estar en él. No es difícil de entender: una creación de un gran diseñador de moda iguala un gran lienzo. La nitidez de las líneas, la explosión del diseño en el tejido, la intención de las formas…

Hay museos del traje que se recorren con la misma admiración que una sala del Prado.

Un centímetro de más o de menos lo cambia todo. Si eso no es arte…

Vivir

La moda modifica las costumbres tanto como las costumbres dictan la moda. Se puede leer en su ropa la vida de autonomía y libertad de una mujer. Ese es el ejemplo más socorrido porque es el más obvio.

Pero esa simbiosis va mas allá. Los hombres ya casi no llevan corbata. Muchos hombres jóvenes se depilan. No hay que ser millonario para llevar ropa de marca. El gran lujo ya esconde el logotipo para diferenciarse. Es la vida que va y vuelve.

Unos jeans rotos pueden ser muy caros. No le busquen la semiótica social: eso es un disparate.

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